TEXTOS

Cuentos cortos Navidad para niños

Todavía suena la campana

Hace varios años, poco antes de la Navidad, mi sobrina Shelly, tomó a su madre de la mano y con mucha seriedad, le preguntó: ¿Está bien si creo en Papá Noel un año más?. Desde esa ocasión inolvidable, nuestra familia ha establecido una tradición especial. Reunidos bajo las luces navideñas y al resplandor del fuego en la chimenea, una vez más hacemos la misma pregunta, la pregunta más importante del año: “¿Está bien si creemos un año más?” No sólo creer en tas tradiciones de  a niñez y en Papá Noel, sino en algo de mayor importancia: creer en el mensaje del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo, cuyo nacimiento estamos celebrando. ¿Creemos en su misión, en su expiación, en su resurrección? ¿Creemos en la invitación que nos hace de venir a el y de seguirle? Por supuesto que el compromiso que hacemos con el Salvador no es de un año solamente, sino que nos comprometemos a seguirle para siempre. Después de expresar nuestros sentimientos y nuestros cometidos, alguien lee en voz alta esa historia tan hermosa escrita por Chris Von Allsburg, “The Polar Express” (El expreso polar), en la que dice que quienes tienen fe siempre pueden escuchar el sonido nítido de una campana de plata. En el relato, un jovencito dice; “Al repicar la campana, mi hermana y yo pensamos que su sonido era el más hermoso del mundo, pero mi madre decía: ¡Qué lástima! Y mi padre respondía: ‘La campana está rola’. Al sonar la campana, mis padres no podían escuchar el suave sonido que partía de ella. Antes, casi lodos mis amigos podían escuchar la campana, pero, con el pasar de los años, ya ninguno de ellos puede hacerlo. Incluso llegó la Navidad en que mi hermana se dio cuenta de que ya tampoco ella podía escucharla. Aun cuando yo he envejecido, la campana todavía sigue sonando para mí, y para lodos aquellos que realmente creen. Al concluir la historia, todos recibimos una campanita atada a una cinta roja para colgárnosla en el cuello durante la hermosa época navideña. Prestamos atención a su claro sonido como testimonio de que realmente creemos y para comprometernos a vivir un año más según nuestras creencias.

 

 

USTED ES MI HERMANO

 

Su entrada en el salón de emergencia dejó ver que era un vagabundo más. Caminaba con dificultad, era encorvado y estaba demacrado y cubierto de llagas. Sus ojos, privados de toda visión, estaban fijos en su propio mundo de oscuridad. La fetidez que expedía su cuerpo mal vestido era suficiente para que nadie se le acercara. Pero como médico, y siendo éste mi trabajo, le pedí que me siguiera. Mientras le examinaba, me dijo una y otra vez que estaba enfermo y que necesitaba ayuda, y después de decirme los síntomas que tenía, agregó con tristeza:

— Estoy solo en este mundo y no tengo un lugar donde dormir ni nada qué comer.

Mi corazón se llenó de compasión y pensé en los abuelos que se encuentran en circunstancias semejantes. Pero, ¿qué podía hacer yo? Mientras le curaba hablamos de Dios. El comprendía la importancia de las enseñanzas de Jesucristo y lo necesarias que son en nuestra vida; sin embargo, le era difícil entender a quienes profesaban creer en Dios y a la vez rechazaban o no mostraban compasión por los necesitados. Conocía a personas que decían creer en Dios, pero que le habían negado un bocado aun viéndole hambriento.

La única persona que le había ofrecido ayuda era una mujer casi tan pobre como él que se sostenía a sí misma y a su familia recogiendo ropa y retazos viejos para luego venderlos. Ella le había invitado a hospedarse en su casita de hojalata, donde, a pesar de ser muy pequeña y llena de moscas y ratas, se le recibía de corazón. Caminamos y hablamos durante tres horas, y aunque era ciego, podía ver con el corazón. Casi todo lo que hablamos fue acerca de Dios. El me preguntó:
— Doctor, ¿cree usted en Dios?
Rápidamente le dije:
— Sí, y usted es mi hermano. Le respondí sin vacilación alguna, y al hacerlo, las palabras inundaron mi corazón de amor hacia mi prójimo, y me di cuenta de que lo que acababa de decir era verdad.

Cuanto más conversábamos, tanto más afecto empecé a sentir por él y con gran humildad empecé a comprender lo que significaba ser un hermano. Sentí agradecimiento por la valiosa lección que me estaba dando alguien de quien yo creía que no tenía nada que ofrecer. Compartí con él mi tiempo y algo de comida, pero él me hizo comprender cosas que antes no había entendido.

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