TEXTOS

SEÑAS DE ESPERANZA

Ella era tímida y yo extrovertida; ¿por qué era ella quien recibía toda la atención y no yo? Esta pregunta me la hice tal vez un millón de veces todos los domingos durante mi adolescencia. Dora Gilliam estaba en mi clase de abejitas. Er a una chica linda y callada; sus padres eran sordos, y por eso ella sabía perfectamente la dactilología (el lenguaje de los sordomudos). Todos los adultos la consideraban una niña dulce. Ella interpretaba en las reuniones y actividades de las Mujeres Jóvenes y todas las madres lloraban de la emoción. Por el don que tenía, participaba en todo, y todos, menos yo, se sentían conmovidos durante sus interpretaciones. Esta fue una época de mi vida en que era egoísta, en que quería la atención de todos y deseaba ser el centro de atención. Mas el competir con Dora era imposible. Por su manera de ser, y en una forma muy callada, ella, así como su familia, habían encontrado un lugar especial en nuestras reuniones y en el corazón de los miembros del barrio. Pero, a pesar de esto, mis celos continuaban. Un mes después de haber cumplido yo catorce años, mi madre tuvo un accidente automovilístico muy serio. Aunque no perdió la vida, sufrió heridas graves, por lo que fue necesario que permaneciera un mes y medio en el hospital. El accidente había ocurrido en noviembre, y pronto tuvimos que conformarnos con la idea de que nuestra madre pasaría la Navidad en el hospital. Siempre que nos era posihospitalble, la incluíamos en todas las actividades familiares, lo cual significaba que nosotros también tendríamos que pasar esas festividades en el hospital. Los demás miembros de la familia estaban ansiosos porque llegara la Navidad, pues la consideraban, dadas las circunstancias, “una experiencia especial” o, más que nada, una oportunidad para progresar espiritualmente. Pero para mí era terrible, de manera que la víspera de la Navidad me porté muy mal. Me senté en un rincón de la habitación del hospital compadeciéndome de mí misma. Aunque todos estábamos presentes, mirándonos unos a otros, y casi listos para abrir los regalos, faltaba la emoción de costumbre. Fue entonces que Dora entró en la habitación, seguida por sus padres, y con la calma que la caracterizaba se dirigió a mi madre y le dijo: “¿Cómo está, hermana Fee? Hemos pasado sólo por un momento, pues pensamos que tal vez podríamos cantar un villancico”. Todos nos miramos sorprendidos. ¿Cómo iban a cantar si sus padres eran mudos? Puse a un lado mis regalos y los miré con atención. No me gustó la idea de que fueran a cantar, por los celos que yo le tenía a Dora, pero de todas maneras presté atención. No estaba preparada para sentir esa gran emoción dentro de mí al escucharles cantar dulcemente “Noche de luz, noche de paz”. Movían las manos simultáneamente mientras cantaban sobre el nacimiento del Niño Jesús y expresaban el mensaje de paz de la canción. A pesar de que traté de controlarme, se me llenaron los ojos de lágrimas. Escuché los suaves sollozos de mi madre, y vi que también los ojos de Dora estaban llenos de lágrimas. En ese momento me di cuenta de lo injusta que había sido con ella. Cuando terminaron de cantar, bajaron los brazos. Todos estábamos emocionados. Ellos se despidieron y salieron en la misma forma en que habían llegado. Yo, sentada en el mismo rincón, pensé en la nueva lección que había aprendido. ¿Por qué había tenido celos de Dora? Ella tenía un talento extraordinario, y con su familia habían traído a nuestra Navidad un espíritu muy especial, convirtiendo nuestra melancolía en una celebración de gozo y esperanza. El Espíritu me confirmó que mi madre sanaría, y me hizo comprender algo nuevo: que yo también tenía talentos. Allí mismo, en la habitación del hospital, me hice la promesa de que usaría mis talentos y de que no volvería a sentir celos de los demás. Habiéndome fijado esa meta, sentí que el corazón se me llenaba de paz y mentalmente pude repetir con dulzura las palabras del villancico “Noche de luz, noche de paz” , y en mi corazón reinó la paz.

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