CUENTOS

Una Voz en la Niebla

Era la víspera de la Navidad, y solo, en su automóvil, Daniel Lytle había ya manejado cuatro horas y media a través de la densa neblina de California, yendo siempre detrás del mismo auto blanco con placas de color blanco y verde en un viaje que parecía interminable. Desde que había terminado la misión no recordaba haber estado tan cansado; mas ésta era una ocasión especial, ya que en el bolsillo llevaba un anulo de compromiso para entregárselo a la joven que le estaba esperando en San Leandro. Calculó que por lo menos le llevaría tres horas más de viaje antes de poder proponerle matrimonio.
Va a ser una noche larga, pensó, mientras éí y miles de personas más trataban de manejar a través de la densa neblina. Encendió la radio con la intención de escuchar música navideña para ver si así las horas se le pasaban más rápido; y mientras movía el dia! de una estación a otra pensó en que era interesante el hecho de que por la noche a veces se podían sintonizar estaciones de muchas partes del país, mientras que otras, como en esa ocasión, sólo se oía el ruido estático de la radio. De manera que la apagó. Por aproximadamente una hora más estuvo viajando por un mundo de tinieblas donde sólo podía ver la parte trasera de un auto blanco con placas de color blanco y verde. Se sentía tenso; el viaje era tedioso y requería toda su atención. Fue en ese momento que, en forma apacible y delicada, sintió: “Daniel, pásate al carril de la derecha y disminuye la velocidad’. ¿Disminuir la velocidad? ¿Por qué? ¿Acaso los demás automóviles no iban a la misma velocidad sin problema alguno, a pesar de que con la densa neblina sólo veían tres metros enfrente de ellos? Además, ya era muy tarde y, aunque mantuviera la misma velocidad de los demás, calculaba que nunca llegaría a tiempo para entregar el regalo a su novia esa misma noche, por lo que tendría que dárselo a la mañana siguiente, el día de Navidad. Daniel se preguntó si en realidad había sido un susurro del Espíritu o si tal vez era un pensamiento que surgía como algo natural a causa de las condiciones del tiempo. ¿Por qué no seguir a la misma velocidad a la que iban los demás? ¿Sería en realidad importante pasarse al carril de
la derecha y disminuir la velocidad? De nuevo sintió esc susurro inspirador: “Daniel, si ocurriera un choque en la carretera no podrías frenar a tiempo. Realmente debes pasarte a la derecha y disminuir la velocidad”. Daniel Lytle había aprendido que nunca debía pasar por alto los susurros del Espíritu. Con cierta renuencia
hizo la señal, se pasó a la derecha y disminuyó la velocidad. El auto blanco con las placas de color blanco y verde que iba adelante continuó a la misma velocidad y al momento desapareció en la impenetrable neblina. Bueno, más vate tarde que nunca, pensó con desaliento, y calculó que al ir más despacio tendría que manejar mucho más tiempo. Mientras seguía adelante, se acordó de una experiencia que uno de sus obispos favoritos le había contado, de algo que había ocurrido hacía muchos años durante una víspera de Navidad. Benjamín Clark, su antiguo obispo, era soldado y se encontraba haciendo entrenamiento básico. Era muy posible que esa Navidad no obtuviese licencia y pensó que tendría que pasarla lejos de sus seres queridos. Mas a última hora había recibido las buenas noticias de que a partir de ese momento se le concedía una licencia navideña de siete días. capturaEra demasiado tarde para que reservara boletos de avión o de autobús para ir a Monterrey, California. Otros miembros de la Iglesia que pertenecían a la misma base militar ya se habían ido y el único recurso que le quedaba era pararse en la autopista y pedir a alguien que lo llevara. “Red” , el chofer de un camión que transportaba verduras de California, lo llevó hasta el estado de Nevada. Durante el trayecto, ambos entonaron todos los villancicos que sabian, Red con su voz de tenor irlandés y líen con su voz de barítono. En Nevada pasó mucho tiempo a la intemperie, esperando que pasara alguien que lo recogiera. Nunca había mucho tráfico en esa parte del camino y, como era la Nochebuena, no estaba seguro de tener suerte. Por fin vio las luces de un automóvil en la oscuridad y se dio cuenta de que éste empezaba a disminuir la velocidad hasta detenerse junto a él. Se sintió muy agradecido al darse cuenta de que sus ocupantes se dirigían al mismo lugar que él y que podían dejarlo muy cerca de donde vivía.
Daniel recordó la forma en que su obispo le había contado el resto de la historia: Sólo después de haberse sentado cómodamente con su bolsa llena de ropa en el asiento trasero, el joven soldado se dio cuenta de que los tres jóvenes que iban adelante estaban ebrios y que continuaban bebiendo. Le habían ofrecido a Ben un trago de la misma botella y se habían ofendido cuando él se rehusó a tomar. El joven soldado estaba preocupado pues el que conducía estaba muy ebrio, el auto iba a demasiada velocidad y la radio sonaba a todo volumen. Al darse cuenta de la situación en que se encontraba, se sintió perdido. Por fin dijo: “¡Por favor, detengan el automóvil; quiero bajarme!” Entre risotadas le contestaron:”Tú te quedas ahí, soldadito, porque no nos vamos aparar por ningún motivo”’. Por varios kilómetros, que le parecieron interminables, escuchó el crujido de las llantas contra el pavimento, la música ensordecedora y los improperios y las risotadas que venían del asiento delantero; además había aguantado el fuerte olor a cigarrillo y a whisky barato. Con cada kilómetro que pasaba, temía más por su vida. Fue entonces que se dirigió al Padre Celestial y le dijo: “Padre , estoy metido en un problema serio y no sé cómo salir de él. Por favor, ayúdame. Protégeme y preserva mi vida. Padre , tengo miedo y necesito como nunca tu ayuda… Daniel pudo recordar las palabras exactas de su obispo: “Entonces sentí una gran paz y la inspiración de tirarme al piso del automóvil y de cubrirme el cuerpo con la bolsa de ropa” . Lo hizo inmediatamente, se metió en el angosto espacio que quedaba entre los dos asientos y se cubrió con la bolsa. Luego puso la frente contra el piso y las manos sobre la cabeza. A los pocos minutos pareció que llegaba el fin del mundo. Se oyó el crujir de llantas se sintieron los movimientos fuera de control y el fuerte golpe causado por el choque de dos automóviles. Cuando más tarde el joven soldado recobró el sentido, se encontró en un mundo de oscuridad donde no podía mover las piernas, ni los brazos, ni la cabeza. El descontrol que sentía era total y no había nada que pudiera orientarlo. Todo estaba inmóvil y sólo se podía sentir el terrible olor a gasolina, a whisky y a muerte en lo que antes había sido el asiento delantero. Tal vez pasó una hora antes de que el chofer de un camión descubriera el accidente y, junto con otro, llamaran a la policía solicitando ayuda, suponiendo que ninguno de los ocupantes de ambos autos había sobrevivido a tan terrible destrucción. Sin embargo, la policía había descubierto lo contrario. Entre los restos de los dos autos, donde yacían muertos una pareja y tres jóvenes, habían rescatado con vida al joven soldado Benjamín Clark. Uno de los policías le dijo: “Tuviste suerte; no elegiste muy bien a tus compañeros de viaje, pero creo que alguien te ha estado protegiendo. Espero que hagas algo bueno de tu vida porque se la debes a Dios. Sólo El pudo haber hecho que salieras ileso”.

 

 

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